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MI HISTORIA DE VIDA


ERIKA MARIA ACEVEDO DAVID
BECARIA 
5º SEMESTRE DE PSICOLOGIA SOCIAL
UNIVERSIDAD LUIS AMIGO

Soy Erika Acevedo, nací en Medellín hace 21 años y soy la hija mayor de Luzmila David y Edison Acevedo. Juntos se dieron a la tarea de darme un hogar lleno de amor. Mi hermana Daniela tiene 19 años y estudia Negocios Internacionales. Mi hermana menor Vanesa tiene 17 años y estudia Contaduría Publica. Así está conformada mi linda familia de 5 integrantes. El sostenimiento del hogar siempre le ha correspondido a mí papá quien lleva trabajando como tejedor en las fabricas textileras 13 años. Le ha tocado pasar por muchas empresas a través de contratos, y en el tiempo que no trabajaba ajustaba el presupuesto familiar con ventas de trapeadores y arreglos de zapatos.  A mis hermanas y a mí nos fascinaba jugar con las tiras y telas porque toda la casa estaba llena de estos materiales.  Mi papá hacía las trapedoras en la jornada contraria a su trabajo en la casa donde pagábamos arriendo, que era carísimo. Mi mamá andaba siempre de lado a lado con nosotras porque estudiábamos la primaria en distintas jornadas e instituciones. Cuando yo tenía 12 años y cursaba quinto de primaria, recuerdo que mi padre se quedó sin empleo.  En la tienda de “Yolanda” ya se debían cinco mercados, nos cortaron los servicios,  debíamos 3 meses de arriendo y la dueña nos pidió la casa. En ese momento no pude ser indiferente a los problemas y mi reacción fue una crisis de asma. Veía el llanto de mi madre y la desesperación de mi padre. Un vecino le había hablado a mi padre de un barrio en la comuna 9, denominado “Candamo” donde vendían lotes muy baratos, pero que no tenían escrituras sino un papel de compraventa y que nos conseguiría uno, pero no había dinero para comprarlo. Llegó un momento en que los arreglos de zapatos y 2 ó 3 trapeadores que vendía cada semana no eran suficientes para pagar las deudas, pagar el arriendo y tener luz y agua en todo momento.  Un día llegó el vecino y  le dijo a mi papá que le diera el equipo de sonido que teníamos y  $500. 000  por el lote.  Mis padres aceptaron con tal de tener una casa, así fuera de madera. Mi papá empezó a visitar este barrio y por el afán de salirnos de la casa donde estábamos, con un primo empezaron a sacar tierra de aquel lote para montar la casa en unos palos muy delgados y a improvisar un techo de lata.

Cuando llegamos, mis primeras palabras fueron  “¿Mamá, aquí vamos a vivir?”. Me sentía jugando en una casita de pájaros, mi madre no pronunciaba ni una sola palabra y mi papá solo decía: “hijas, aquí ya no se puede jugar”.  Los vecinos del sector nos decían “las niñas de la palomera”.  Yo no lo entendía, más tarde comprendí que lo decían porque la casa no tenía ni puerta ni ventanas. Teníamos un tubito por  donde bajaba el agua y donde poníamos a llenar las canecas para bañarnos y hacer la comida. Cuando iba a la capilla cerca de donde vivíamos le preguntaba a Dios porqué vivíamos en una casa de tablas si yo me había  portado bien.  No fue fácil adaptarnos a la vida en la palomera. Sufríamos mucho porque mi madre, mis hermanas o yo nos caíamos y nos aporreábamos con alguna tabla que estaba floja.  También nos acostumbramos a recoger el techo al otro lado de la casa cuando llovía muy fuerte.

En la parroquia Nuestra Señora del Encuentro,  empecé desde muy niña como acolita y después como catequista y a los 14 años junto con el padre iniciamos un grupo juvenil llamado SINAI que en este año cumplimos 9 años de estar  activos. Ese mismo año conocí a una líder que tenía mucho interés de crear un restaurante comunitario. Ella pondría su casa y con la ayuda mía sacaríamos adelante la obra.  Y así fue. Terminé el bachillerato y fundamos el restaurante comunitario “la casita de la comida” donde atendíamos 85 niños y niñas del mismo sector donde yo vivo, que habían llegado allí con sus familias desplazadas por causa de la violencia en sus pueblos. Nuestro trabajo empezó priorizando las necesidades de las familias y pidiendo productos en las plazas Minoritaria y Mayoritaria para garantizarles a estos niños el desayuno y almuerzo de lunes a sábado.  Al ver ese inmenso amor de los niños, compartir con ellos, rezar juntos cada mañana, verlos reír, llorar y dar gracias a Dios por que quedaron llenos, comprendí la riqueza que tiene uno como ser humano y lo desagradecidos que somos con lo que cada día tenemos. Me enamoré de los niños y niñas, de los jóvenes,  de las mamás cabeza de familia, de los desplazados, de toda la gente a los que les podía regalar mi alegría y gran mi sonrisa. Así no sentía tristeza de vivir en las condiciones precarias de mi casa, la palomera.  Recuerdo las palabras de un sacerdote que me dijo un día: “Agradece a Dios que no te dio una casa, pero que te regaló un hogar”.  Para qué una casa donde no hay hogar y yo sí tenía un hogar. Cuando terminé el bachillerato a los 18 años, empecé a trabajar en la Corporación Caminos de Solidaridad. Allí me hablaron de un concurso de Mujeres Talento que hacía la Alcaldía de Medellín para premiar los valores y capacidades de las mujeres de 16 a 25 años de edad.

Me inscribí en el concurso en la modalidad de Desarrollo Social.  Aún recuerdo mi rostro caliente y rojo de la vergüenza de que los jurados y las cámaras de televisión llegaran a mi casa de tablas, a la palomera. No podía creer cuando me avisaron que era finalista.  Yo no sabía ni qué ponerme para la noche de la premiación, Con el dinero que gané en el concurso y el subsidio de vivienda de COMFAMA de mi padre tuvimos la cuota inicial para nuestra casa.  Al empezar el año 2007 mi sueño se convirtió en realidad.  Pronto tendré una casa de verdad, de adobes, con escrituras de verdad.  Gracias a  muchas personas y a la fe que siempre nos ha tenido juntos en mi familia, ya no seremos más las niñas de la palomera.

Siempre mi familia y yo hemos sido bendecidos,  mis hermanas y yo siempre teníamos en mente que queríamos ser profesionales y que nuestra situación económica no iba a ser un obstáculo para conseguir nuestros sueños.

Otra bendición que recibí fue ser becaria de la Fundación Mahatma Gandhi. Gracias a don Hari, a su familia y a muchas personas que le apuestan a la educación superior, estoy aquí en la fundación y ahora puedo decir que adelanto mis estudios en la universidad, igual creo que como soy bendecida mis hermanas también lo son y podrán adelantar sus estudios.

Estoy orgullosa de pertenecer a una fundación donde una de sus principales consignas es “Sembrando para Servir”, pues me identifico totalmente con ella porque “Servir es mi vocación”.                             

Erika María Acevedo David.


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